Puerta: LA GRANDEZA DE LA HUMILDAD

No saldrás del fondo del precipicio a no ser que creas en ti mismo, y no te mantendrás en la cumbre de la montaña a no ser que domines tu ego.  Recuerda, en el camino hacia el éxito debes ser grande pero también debes ser pequeño; grande para vencer tus miedos, pequeño para no dejarte tentar por la gloria.  En el Abierto de Australia de 2019 el multicampeón Roger Federer quien no sólo cuenta con innumerables títulos, sino quien además es reconocido como una de las leyendas vivientes del tenis mundial, no tuvo ningún reparo en acatar una orden que le impedía ingresar al vestuario, ya que no portaba su acreditación en ese momento.  Así que Federer aguardó pacientemente por unos minutos hasta que le trajeran su pase de ingreso. ¿Por qué razón este campeón no presumió de su fama e hizo alguna clase de escándalo con el guardia de seguridad? Porque las personas realmente exitosas saben que cada individuo cumple una labor de inmenso valor, independientemente de su condición social.

Subestimar tus cualidades aprisiona tu grandeza, y sobrevalorar tus cualidades envenena tu grandeza. Entonces, ¿cómo lograr el balance? Para crecer en cualquier área de la vida, deberás ser el primero y el último en creer en ti, de tal manera que el amargo “no puedes” de otros, se convierta en el dulce sabor de tu propio “sí puedo”.  Esto significa que para reducir y controlar el efecto nocivo de “las opiniones internas y externas”, deberás empoderar tu autoconfianza. De hecho, cuando confías en ti mismo, en tus capacidades… te haces consciente de que el resto de las personas, al igual que tú, también se esfuerzan por creer en ellos mismos con el fin de vivir una vida con propósito. Así es, es imposible mejorar continuamente si no se cuenta con una positiva autoimagen; sin embargo, se trata de fomentar el autoliderazgo, no de inflar el “yo egocéntrico”.

Por cierto, el ego es como una serpiente venenosa esperando el momento oportuno para inyectar su toxina, mientras busques las alabanzas o la gratificación de los demás, sólo aumentas el riesgo de ser mordido por el egocentrismo.  Una vez su veneno entra en nuestro torrente emocional, el miedo a la desaprobación empieza a hincharse, la frecuencia cardiaca aumenta a medida que nuestro trabajo es etiquetado como “grandioso”, “incomparable” o “perfecto”; finalmente, cuando los elogios se nos suben a la cabeza, la fiebre por el reconocimiento social es tan alta que nos impide disfrutar “las verdaderas mieles del éxito”… en realidad, en este estado donde los sentidos están intoxicados por el presumido ego, la humildad se vuelve tan borrosa, que es imposible reconocerla.

Por lo tanto, en vez de convertir el éxito en una mortífera experiencia, transfórmala en una oportunidad de conexión espiritual contigo mismo y con el mundo.  Todo lo que has logrado se debe a tu trabajo, no a tu superioridad como persona frente a los demás.  Al desatar tu talento, alientas a otros a seguir enfocándose en el proceso de “escalada de la montaña”; con confianza ellos miran hacia arriba y se dan cuenta que sí es posible llegar a donde tú estás.  Por eso, tu función desde lo alto, es inclinarte para darle la mano a quien se esfuerza por llegar a allí.  No creas que la cima se hizo sólo para ti, ¿o acaso qué valor tendría tu victoria si no tienes con quien celebrarla?  Por consiguiente, ser humilde no es sinónimo de retroceso, al contrario, es sinónimo de crecimiento.  Ten la humildad para reconocer que, en este viaje de interminable aprendizaje, juegas dos papeles cruciales; a saber, el de maestro para enseñar a quien desconoce, y el de aprendiz para aprender lo que desconoces.

ÁNGELA LÓPEZ, Autora.

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